Dicen de Picasso que, por dominar a los clásicos, podía llegar a pintar lo que quisiera y como le viniera en gana. Mismamente su estética cubista. Algo que podría perfectamente aplicarse a don Ramón del Valle Inclán con respecto al teatro. De ahí el espejo deformante –el fondo del vaso- del esperpento. Espejo capaz de poner en solfa todo el trasnochado concepto del honor calderoniano, aún vigente en el país a comienzos del siglo pasado, estímulo de tanta secuela de crueles atrocidades. Y es que nadie como él con tal conocimiento de la dramaturgia clásica como para pegarse el lujo de su retorcimiento grotesco, hasta el punto de sacarle el jugo de su expresión más contemporánea, la de la España cainita y miserable que le tocó vivir.

Pero otro tanto podemos afirmar del excelente trabajo de Morfeo que se ha presentado en esta Feria Donostiarra. Si alguna compañía nacional podía culminar con éxito tal recorrido estético, esta era, sin duda alguna, la de los burgaleses. Su trayectoria los avala. Porque, ciertamente, había expectación por este montaje, dados los suyos anteriores, particularmente los centrados en las figuras de Cervantes y Quevedo, ilustres y preclaros precedentes del esperpento, a decir del propio don Ramón de las barbas de chivo. Y a fe que no han defraudado. En todos los sentidos. Pues si el trabajo interpretativo resulta a todas luces impecable, no menos lo es el  de coordinación que se adivina entre cajas, con gran derroche de precisión y auténtica labor de equipo. No digamos ya el de investigación y dramaturgia –al margen de alguna concesión perfectamente asumible-: todo un acierto los añadidos del prólogo y epílogo, referentes a reflexiones del propio Valle –algunas extraídas de “Luces de Bohemia”- a propósito del esperpento, la deformación grotesca, la que se produce en el fondo del vaso.

Y en este punto no cabe sino admirar el colofón de los aciertos: regalar el oído del espectador con las maravillosas acotaciones valleinclanescas. Porque estas no son sólo –como tantas veces ya se ha dicho- prodigio literario, sino pura y genuina expresión dramática a través de la palabra. Incluso cinematográfica, ya que bien es sabido el fervor que por tal arte  Valle sentía.

Todo lo cual, de arriba a abajo, envuelto en estética de títeres de cachiporra, de guiñoles en chafarrinón, capaz de darle la vuelta grotesca no sólo a nuestro clásico Calderón, sino incluso al mismísimo Shakespeare del Othelo y su visión trágica –heroica- de los celos. Eso sí, desde el fondo del vaso, sobre la mesa de alguna cutre y casposa taberna del solar patrio.

En suma, un magnífico espectáculo este de Morfeo que merece ovación y vuelta al ruedo ibérico. En gira, por supuesto.

Javier GIL DIEZ-CONDE